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Cabe la higiene mental de la gente corriente

“Los demás y yo son las dos grandes partes del mundo”. Bonaparte fue creador o continuador de una corriente de pensamiento, la escuela egoísta, que, con vainenes, ha hecho furor a lo largo de la Historia. La sardina y su ascua fueron una incorporación consecuente con este modo de pensar.

Alrededor de los barriles de nuestras tabernas, máxima y casi única expresión de ciudadanía en la aldea democrática global, las opiniones políticas, las chanzas de los medios y las del gentío a las que pertenecemos todos los que no nos dedicamos a vivir de la cosa pública, cruzan de lado a lado, sin orden pero con sentido, y abonan nuestras ideas más limpias. Somos civilizados, incluso cuando discutimos por bobadas y eso mantiene nuestra higiene mental en un aceptable equilibrio. Cuando discrepamos, hablamos y discutimos. Cuando no discrepamos, también discutimos. Nuestra sociedad ya es así y así se acepta.

Si sigue leyendo porque cree que es un artículo político o un ejercicio de psicoanálisis, está usted errado. Esto es pura ficción literaria de un lector de Quevedo en una tarde libre. Algunas veces se me cuela Góngora pero lo mantengo a raya.Creo...

El tema del siglo es que los grupos del Sindicato del Terror (Suponiendo que estén sindicados de alguna manera) asoballan nuestra sociedad.

El cenismo me sale así, entroncado entre las raíces compostelanas y mis ramas madrileñas.
Los malvados, al servicio de quien sea, destemplan el bienestar occidental y enervan el oriental, por darle un sentido geográfico a esta reflexión. Son mercenarios de algo, allí y acá, y obtienen miedo, aquí y allá.

A veces hay que refugiarse en una mayordomía del pensamiento, inhibirse del ambiente, meditar, cavilar hasta el mundo onírico de la tragedia (y de la sátira) que leímos, vimos y nos cuentan, y acordarse de Fu-Man-Chú, de Jacques de Molay, de la Mano Negra... para buscar una explicación a la sinrazón.

Ahora resulta que unos desgraciados, en el sentido más cariñoso y humanista del término, matan a mansalva (No vaya al Diccionario, querido y paciente lector:”Sin tasa o en abundancia”), acogotan a un gobierno instalado en la mecedora de su honradez, ponen el pié en la báscula electoral, encrespan los medios (Pronúnciese, por favor , en latín), y, todo, todo lo alborotan, por poner un ejemplo que no genere altercados anímicos a nadie. A más prejuicios tengamos, cuidado, menos objetividad, justo al revés que los políticos, solo subjetivos en esencia, que, para lo otro, estamos los demás discutiendo en la taberna global y votando cada vez que nos requieren.

Torrente Ballester, tan cercano, ya nos previno del parco beneficio que detraíamos del sistema democrático los que vivimos en él sin vivir de él. Y Saramago también nos ha enseñado una forma de utilizar el hocico en la misma cápsula que hemos construido entre todos.

Y los que informan, machacan con reiteración tímpanos y retinas con las primeras secuelas del Apocalipsis, los que opinan hacen filigranas de originalidad para ser medio creíbles y los que analizan, más reflexivos, aparecen como mercenarios (es una hiperbólica licencia literaria, créanme) de grupos de presión políticos, financieros, religiosos, filosóficos... o incluso del organizado grupo de los insensatos, que bebe de todas las fuentes y que consigue que una tragedia social sea, al fín, multidimensional, poliédrica para la historia y para el sudor de la Historia.

El mundo sufre una perpétua mueca catamenial y a nuestro país (España S.A.) le ha pillado con el támpax en la gasolinera de guardia.

Lo han conseguido.
Alboroto ecuménico cabe terroristas.
Solo falta la aparición del Electra de James Bond o el Kaos del superagente 086, que todo lo manejasen con una perversión de inmenso guiñol, y nos encontraríamos viviendo en España S.L.

¿Aparecerá la caja negra cabe esta pesadilla?. ¿Hay caja negra?. Depende. Puede.
Cabe es un hermoso río lucense afluente del Sil, un lance del juego de la argolla y el tiempo de un verbo. Yo he hecho aquí un uso literario, libérrimo y raro como hacía Álvaro Cunqueiro, de una desusada preposición de nuestro Bachiller que puede significar “junto a “. Y el título ya no es un problema desde ahora.

Este país tiene inequívocamente lo que ha querido. Es una sociedad singular que, con preocupante obstinación o quizás porque no puede o no sabe hacerlo de otra forma, dilapida su inmenso poder en la discusión tabernaria y llega al insulto y, en ese momento, no se acuerda del comienzo de la trifulca, pero le da igual. Es un país que lincha al que atropella a un peatón pero luego victorea a Farruquito.

La pandereta la maneja con las manos y el alma, así nos hicimos gloriosos, y las urnas con las tripas y el corazón. No sé si estamos ante un momento en el que podamos digerir la historia de cada día sin hacer la digestión del anterior. Pero hemos pedido a gritos democracia, orden, cultura, bienestar, prosperidad, laicismo, tolerancia, I+D, los serrano y salsarosa. Y cuando lo tenemos todo, echamos la moneda al aire.

En este inmenso circo, a los peperos les ha faltado un navajero y un juglar. Otro autor más ilustrado que yo habría dicho “ lo del guante de terciopelo guardando la mano de hierro”. Han hecho bien la mayoría de las cosas, las han contado mal (M.A.R. con mal talante..., Cabanillas II deprisa, con y sin guión, y mirando entre flecos, Rajoy demasiado elegante) y enfrente han tenido un cándido con sonrisa beatífica y cara inocente que iba guardando la lluvia que caía de los chambergos de los demás. Y al final es el que decide en el problema del agua. Alguno no tenía aguador, eran todos generales a lomos de esos camellos que, como solo tienen que beber una vez a la semana, confunden su cadencia de sed con la de los cabalgantes, una generación entera de generales sin ningún soldado de tropa propiamente dicho.

Y, ¿qué tiene esto que ver con al cardiología y con la dieta?. Hombre, ustedes verán. Yo he notado como muchos hipertensos se alborotaban, algún coronario tiraba de nitritos y otros pensaban en la época del arenque aplastado en barril de ultramarinos. Es una exageración pero volvemos al barril.

En la confesión de la consulta diaria son más los sorprendidos que los convencidos. Y la sorpresa es un inigualable condimento del estrés.

Y estrés sí que ha habido. Y eso se nota en el ambiente ya de por sí demasiado encolerizado de los últimos meses. Quizás esta catarsis nacional sirva de ejercicio espiritual para todos y no nos emasculemos dentro de poco. Ya ven que utilizo verbos de juez y de forense. No quiero juzgar sino opinar. Me gano la vida hablando y dejando hablar todos los días de mi vida y cuando escribo reflexiono mi cotidianidad, así de simple aunque a veces la retórica pueda parecer complicada, también para mí.

Este artículo podría ser más largo e incluso podría cambiarle el título pero me enfadaría conmigo mismo. Es barroco como yo, reflexivo como yo y se lee con paciencia, como la de usted. Digamos que incluso puede tener una lejana acción terapéutica derivada de la infinita misericordia del lector. El verbo escrito también puede ayudar a prevenir y a curar.
En la consulta tengo que ser “breve, conciso y expresivo” como Azorín, pero cuando me pongo con la pluma y el “enter” ahí sí que me vengo de mis represiones. Al paciente lo trato como a un príncipe, con alegría (Laetitia en latín), pero al que lee... lo intento convertir en más paciente todavía. Lo paso muy bien así.

Y al día siguiente puedo sanar otra vez. Y me va bien.

Como ciudadano romanizado y padre de familia, que me creía algo culto y bastante normal, siento pena de que cualquier forma de terror pueda tener una mínima arista discutible y que pueda ser, siquiera en la intención más oblicua, un aprovechable embojo.

Francisco R García Fernández
25 de mayo de 2004



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