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El estrés del palanquín (mediterráneo)
Las enfermedades no tienen un trayecto lineal, tienen puntos de
inflexión y soportan, como los postes de los tendidos eléctricos,
la patología propia y la que se va añadiendo. Todo
ello da perspectiva a la distancia y lo que en inicio es un síntoma
, se adereza a lo largo de la evolución con otros que no
tienen que ver con el signo inicial de una enfermedad. Las patologías
se sustentan y se diagnostican en un tronco de sospecha primitivo
y después aguantan varios cables en el mismo tendido. A la
larga son como los tendederos de la ropa, primero sirven para secarla
al sol y devienen en una metáfora de la vida íntima
de la casa en la que penden.
El moderno agobio, el stress anglosajón, parecía en
su génesis un colgajo sólo al alcance de los privilegiados
del dinero y del poder. Hoy sabemos que no es así y que mina
por igual la salud del rico y del pobre. Un pobre con estrés
es más pobre porque su único bien, la salud, lo convierte
en indigente y un rico agobiado hace renegar a éste de sus
oropeles y desear lo que ya ha perdido. Es la (pato)democracia que
unifica para bien y para mal las preocupaciones del ejecutivo, pastor,
taxista, forofo o cartujo.
Cuando el agobio se encarama en los tendidos de alta tensión
(confundir a veces con Tensión Alta) de una enfermedad, añade
un cable más, otro sobrepeso a la línea de la vida,
tan paralela siempre a la de la muerte, hasta que las líneas,
en el horizonte, se comban y se juntan. Y no pocas veces se caen.
En los tiempos de la molicie y del aburrimiento, el estar mano
sobre mano, el no dar ni golpe, el qué bien vives palanquín,
parecían sinónimos de salubridad. Los problemas han
venido cuando empiezan a enfermar por igual los zánganos
y los ricos y no se nos ocurre más solución taumatúrgica
que poner el mundo a caminar o a correr.
Hoy, los pacientes se pelean en la consulta para explicar los kilómetros
y las horas que andan al día para mostrar los buenos hábitos
de salud que tienen. Todos quieren caminar como si el paisano jacobeo
repartiese indulgencias en cada barrio, en cada parque, en cada
acera de estas aldeas de Dios. Como norma general, está bien,
como terapéutica general, también vale porque el peripatético
mueve el músculo, tensa la arteria, activa las venas, piensa
y reflexiona. Además, se cansa y disfruta después
del dolce far niente más relajado en el entorno familiar
sin más agobio añadido que el emanado del telediario.
Este nuevo deporte globalizado, la caminata sanadora, tiene sus
peculiaridades: El deportista o el medio-entrenado, aristócrata
del músculo, no se conforma con el plebeyo trote y acude
al gimnasio para marcar bíceps y distancia. El gordinflón,
el sedentario, el palanquín de toda la vida, hace esfuerzos
sobrehumanos para lidiar con ese agujero del cinturón que
quiere encinchar como sea. Uno y otro deben meditar.
Cada uno tiene que hacer lo que su organismo y su enfermedad le
piden pero para estar más sanos, no para curarse que ésa
ya es otra aspiración con más ingredientes. El ejercicio
desmedido no ha curado nunca, únicamente ayuda si se contempla
la sanación como una tarea multidisciplinar.
Echo en falta, en los organismos que velan por la salud, directrices
populares que no uniformicen el sudor, que expliquen el lado lúdico
del ejercicio, que penalicen las empresas y las modas que inducen
al sobrepeso, al consumo de grasas, que estimulen nuestros vicios
indígenas, griegos, romanos e iberos: aceite de oliva, pescado,
legumbres, vino y siesta incluidas, que han procurado durante siglos
que la salud general mediterránea sea envidiada y ahora copiada
por las multinacionales, oráculos de la salud-negocio, que
nos venden estrés para luego revendernos un invento nuestro,
mejor dicho, un invento de nuestro sol, de nuestro clima y de nuestra
ancestral forma de ser.
Antes éramos más sanos porque comíamos mejor,
aunque poco, nos movíamos más, aunque menos disciplinadamente,
dormíamos siesta con menos preocupaciones porque no nos las
vendían todos los días, adorábamos el vino
y el pescado, los garbanzos, las lentejas y la fruta, sobre todo
la del huerto del vecino (¡ Un estrés que incluía
un mecanismo de autorrelajación!), no nos mirábamos
tanto la cintura y cabíamos en el espejo porque éramos
más bajitos.
Todo lo que ha modificado esto, ha supuesto riesgo cardiovascular
añadido, y ya no estamos en la edad de arrancar las ortigas
sin respirar para no tener picores.
Francisco R García Fernández
25 de mayo de 2004
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