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Cuando los remedios vienen más despacio que los males

En las consultas tenemos un comportamiento incongruente muchas veces y el paciente, siempre distinto del anterior, tiene que hacer un ejercicio suplementario para entendernos en no pocas ocasiones.

El estado de ánimo del médico es variable y el beneficioso aporte de su ciencia, también.
Viene esto a cuento porque todos los días observamos que los enfermos han incumplido nuestras órdenes terapéuticas porque no han entendido nada de lo que les explicamos, lo han entendido mal, se lo hemos explicado con prisas lenificando lo primordial o, simplemente, porque nos equivocamos.

Hay tres tipos característicos de visitantes al otro lado de nuestra mesa: El sumiso, el dubitativo y el incrédulo. Ninguno tiene remedio absoluto.

Con cada uno hay que utilizar distintos mecanismos de persuasión. Mitigar un diagnóstico puede ser bueno para unos y fatal para otros, la exageración de unos síntomas también pero al revés. No es fácil acertar siempre porque el médico perfecto no existe, el paciente perfecto tampoco y cuando hipotéticamente coinciden ambos puede fallar algún rasgo de la comunicación.

La Medicina debe ser simplificada. Sabemos de verdad tan pocas cosas que no vale la pena adornarlas para cortejar nuestro orgullo.

La visita médica es el acto más importante de nuestro ejercicio: Crear un buen ambiente con el paciente para que comprenda los riesgos, acepte de buen grado las pruebas complementarias y cumpla los requisitos y los plazos de una terapia es el mayor logro de un profesional. Todo lo demás ya no está en nuestras manos. Tenemos que ser amables y académicos, ortodoxos y flexibles, y siempre humildes pero con rictus de seguridad y aplomo.

Los avances médicos van demasiado deprisa, casi a tanta velocidad como el desapego que mostramos hacia el enfermo que, a veces, no nos hace caso y se muere. Otras veces nos hace caso y también se muere. O sea que no somos tan perfectos como pensábamos ni las cosas tan simples como aprendimos.

Pues eso, simpleza y más humildad para que podamos aprender más y que en la transmisión no se noten tanto nuestras carencias. Y si se nota alguna, que sea la científica, culpa de los dioses, nunca la humana.

Francisco R García Fernández
26 de mayo de 2004



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