Cenismos y nós
Los gallegos somos heterogéneos en origen, unos griegos y otros no, diletantes en el uso del idioma y caprichosos en la forma de comportarnos. No somos, pues, parecidos, étnica, social y políticamente, en nada. En realidad, somos similares a nosotros mismos y a la circunstancia.
Nuestra desconfianza innata, rasgo que debería unificar y explicar un eventual código genético común, inexistente, es temporal y depende del estrato social, del nivel de cultura y del hábito mundano de cada uno.
El uso fluido del idioma, alma mater disuasorio de la uniformidad ibérica, salvoconducto de estrategias políticas confesables y de las otras, tiene sus peculiaridades, quizás intrascendentes y veniales, pero que para uno que se ha instalado en el bilingüismo diaspórico le hacen pensar que el idioma no es un viajero estático y que el bajel histórico, que lleva una forma de ser y de expresarse, tiene sus anclas firmes pero sus velas se inflan con vientos propios y ajenos.
Mi idioma gallego es, al tiempo, seña de identidad, individual y colectiva, y temible distancia que separa del manantial cultural que yo creía helénico. Y a mis hijos, no digamos. Paso la Navidad, la Semana Santa y parte del verano en Galicia, pero, ¿Cómo les cuento yo a mis hijos que mi bilingüismo es una ventaja?. Si ellos no lo perciben así, y no es el caso, ¿qué argumentos expongo?
Hay una tradición , oral más que escrita, de que
el idioma gallego es una reliquia cantigosa de un pasado alfonsino
y dulce, melodioso en su son y compás, que se ha perpetuado
en frases de la saudade. Pero eso no es un idioma es una serie de
sentimientos encadenados, que nadie ha oído juntos nunca,
han viajado decenios en la oscuridad, los evocamos como un salmo
talmúdico de una idea tribal que se ansía y vemos
en ellos un cometa regular y cadencioso, cuya presencia echamos
en falta, tentando el aire en el vacío de las letras, de
las ideas y del músculo galaico. Aquí incluyo nuestros
refranes y las frases hechas incluido el manda caraaaaamba que utilizamos
en cuanto nos dejan poner una falera enxebre. El párrafo
no ha querido ser lírico.
Nadie ha hablado nunca gallego como Alfonso X ni como Rosalía. Lo han escrito, eso sí, puntualmente, como un ejercicio de culto literario y como un agasajo al ego. Pero el uso de un idioma es otra cosa. Y el oficializado, más.
Hubo un gallego rural, y patán, del que casi todos nos avergonzamos
para distanciarnos de los de la aldea, castrado por el imperio del
castellano y adobado por las carencias propias y los injertos de
la emigración y el intrusismo anímico que ésta
supuso. Esa forma de expresarse, gritona, parca en léxico,
fértil en vocablos ásperos y en tacos recurrentes,
ha estado ahí a nuestro lado hasta ayer y estructuralmente
no da más de sí y todos mirábamos para la ciudad,
la mili o la meseta esperando que alguien lo pula y lo desbrave.
Esa forma de expresarse no acentuaba las palabras, las apedreaba
aunque tenía una cadencia y un acento en el que todos reconocemos
alguna vez atisbos de preñez lugareña y cercana.
Hubo otro gallego dulce, amerengado y meloso, modelado por el cultismo,
escrito más que hablado, más del mundillo académico,
poético, de corto recorrido, más puro en origen pero
más necio en la transmisión, varado en la nostalgia
y en las laderas de los ambientes más cultivados. Quizás
fuese el mismo que el anterior conservado en las casas más
pudientes, castellanohablantes, con servidumbre doméstica
de procedencia aldeana que llevaban de verdad la antorcha de la
fala sin el tratamiento uncial que nunca tuvieron los escritos de
nuestra grey literaria. Lo hemos oído todos y, en cualquier
caso, lo intuímos parapensar en gallego
Nuestroidioma nuevo quizás debiera ser un matrimonio de los
dos anteriores, recuperaríamos así la lozanía
campestre, su bucólica idea, la femenina dulzura de la frase
romántica (Nunca hubo un gallego dulce, que yo sepa, y aquí
me refiero al individuo, no a su lengua...), el estribillo del ropaje
académico, y machihembraríamos la aldea con el mundo
ciudadano y viceversa. Pues no.
Los dos anteriores, han sido sustituidos de forma abrupta por el gallego oficializado, puente político que ancló sus arcos sobre ellos. Y nos ha salido un híbrido átono, pobre, mesetario, sin la cadenciosidad lusista, sin la sonoridad rosaliana, sin el acento triádico de Rubén Darío y sin los empellones carpetovetónicos de los antiguos serenos que hicieron de Madrid patria de todos.
Las voces de los serenos en la noche tenían musicalidad. No recurrían al taco y todos conocían su origen. Los porteros automáticos, oficialidad, uniformidad de casta y rango, sustituyeron la pana y la tranca herrada por el panel y la tecla. Pero la presencia en la noche acudiendo a la palmada no tiene suplente. Aquel tono fantasmagórico de su lenguaje enderezaba cualquier esquina y espantaba malas almas. Oíamos Galicia cuando aquellos báculos acompañaban nuestros pasos o mecían nuestra quietud a veces solamente con interjecciones, siempre con “acento”.
Si oyes un telediario de Galicia en Madrid, te ruborizas. Cada vez menos, eso sí, pero suena mal. Ni paleto ni culto. Ni nada. Oído en Santiago disimula más, pero sigue rechinando la poca frescura de su vocabulario, el tono hermafrodita de frases y sintaxis, la ausencia casi absoluta de referencias al lenguaje de nuestros clásicos, todos y todas contemporáneos menos la de Padrón y el de las Cantigas, que cultivaron esta forma de hablar, mejor dicho, indicaron una forma de expresión. Y si lo que oyes y escuchas es una retransmisión deportiva puedes cortarte las venas tras los comentarios de los amigos que te liban la cerveza y te ponen colorado. ¿Así habláis allí?
Lo que escribo es duro para mí que siento el alma gallega sin distancia pero que noto que algo falla para que, además, seamos distintos, no solamente pintorescos.
Acabo de leer un artículo interesante y, por supuesto, soportado por razones científicas no discutibles, en el que Xesús Ferro Ruibal, director del CIRP expresa, en gallego, las razones por las cuales el galego tiene que ser lengua de la Unión Europea. Lo aplaudo y quisiera que fuese así pero en su texto desliza, deponente, una frase de veinte palabras seguidas en las que la única diferencia con el castellano es una letra (Traballar por trabajar). Presiento que la convocatoria de plazas de traductores en Bruselas va a resultar muy reñida.
Otro artículo, editorial, del insigne colega Fdez Teijeiro en la misma Revista Libredón, del Centro Gallego de Santander, se queja de que la obligatoriedad del gallego pone dificultades para los castellanohablantes que quieren estudiar o trabajar en Galicia. Galego todo el que quieran, pero no olviden que nuestra tierra es bilingüe y poner barreras, a los hijos de los nuestros, no sé si será una buena idea. El paletismo mundial comenzó así y en la diáspora el galego no se puede aprender, académicamente, salvo que uno aspire a un “puesto oficial”. En otras palabras, se puede vivir en Galicia pero con limitaciones que no son fáciles de comprender al pasar el Cebreiro. Tendrá que ser un profesional liberal y ganarse la vida con las trapalladas que sepa y quiera hacer.
Espero que alguien me comprenda. En mi Compostela infantil, colegial y universitaria nunca fui pascasio; al llegar a casa el castellano era el mismo en la calle y en el aula y cohabitaba, hoy y cuarenta y siete años antes, con Carmiña Ferreiro Espasandín, de Zas de Carreira, que no ha hablado nunca dos palabras seguidas que no fueran en gallego. Amo Galicia y su lengua como el que más pero mi lengua “materna” no fue nunca la de mis padres, ¿tengo que penar, yo y mis descendientes, con ello?. Pues me siento penalizado.
Además, el matrimonio del gallego que yo intuía con el que se manda hablar ahora me parece un concubinato infeliz, o un gaymonio, como prefieran.
Le he dado varias vueltas a estos párrafos y no consigo extraer otro tipo de conclusión y cada vez me enroco más. Soy, y me siento, barroco, por eso y aquello el lector y yo (O sea, no más de dos) vamos a terminar malamente.
Yo quería hablar de los cenismos.
Cenismo es una palabra perdida en el agujero negro del español.
El Diccionario de la Real Academia ignora su entrada y el de Manuel
Seco (Uso del español actual, que llega a incorporar el sintagmaainda
mais) también, lo mismo sucede con los de Covarrubias (Tesoro
de la Lengua Castellana), Dubois (Liguística), Alvar (Uso
de voces actual), Casares (Ideológico), Corominas (Etimológico),
etc. Hay que recurrir al celebérrimo María Moliner
y al viejo Espasa para encontrarlo : Mezcla de idiomas o dialectos
distintos. ¡Pero, hombre de Dios, cómo hemos podido
sobrevivir sin legaliza algo tan presente en nuestro más
íntimo nivel cultural!. ¡Cómo es posible, bilingües
del mundo, tamaña fechoría lingüística,
gramatical etc!.
Hemos vivido sin que esmagar, asoballar, aínda, estes, eses
y aqueles (¡Qué pronombres filliño!), mi madriña,malleiras
y palleiras, chaínashox y chansean legales.
En los años setenta, mi pariente Borobó editó
en Madrid una revista que se llamaba Chan. Hubo ciertos recelos
por parte del Ministerio de Gobernación. Creían que
nuestro chan (suelo) ocultaba oscuras referencias maoístas.
¿En todo caso sería al revés, de Chang-Kai-Shek,
digo yo, no?.
Queda demostrada, pues, la necesidad de actualizar los diccionarios y la de normalizar el uso y abuso de las particularidades, ubérrimas, que ofrece el idioma de nuestro antiguo reino. Así desvaretaremos una lengua feraz, recuperaremos su música y la haremos menos áspera, más sonora, más nuestra, con la malla estamínea de un vocabulario más ecuménico, mecido por un acento que no podemos permitirnos el lujo de perder. Y, por supuesto, con un toque de sintaxis rural, aunque sea menos correcto. Con menos palabras agudas, no hagan como yo que fustigo las frases hasta que las esdrújulas (¡ 44!) se ponen de rodillas, lo que quizás dé una medida exacta de mi estado de ánimo (45) al escribir, y de remordimiento al releer. ¿Será porque me he perdido alguna década excluyente?
Francisco R García Fernández |