Los tsunamis, las olas de calor y el añorado barco “K”
La audacia del entrañable Mariano Medina (en adelante MM) para predecir, cada noche y cada mediodía, las bonanzas e inclemencias del tiempo de los tiempos en los “sesenta”, contrasta con el despliegue administrativo y burocrático de hoy. Los telediarios se pueblan de rostros, rótulos, títulos y dignidades, para darnos la información del clima. Antes, sólo teníamos a MM y al barco “K” que nunca supimos si era una realidad, del mantra de las tormentas, o una metáfora estamínea que se colaba entre isobaras, aquellos torbellinos, concéntricos como un ciclón, que dibujaban anticiclones y que, cuando tenían tope de borrasca, nos amargaban el día de playa.
Al final de tanto cachondeo, como cuando se mofaban del profeta Elías, un día vino un ciclón de verdad, el huracán-gay “Hortensia”, que dejó Galicia medio desolada. Hace días, el horror de Asia.
En estas alboras estamos oyendo toda la batería de argumentos que los expertos predictores de catástrofes naturales desgranan para que se les haga más caso, se les aumente el presupuesto y puedan trabajar con algo más que ese oscilógrafo que hace rayas y te anuncia un terremoto dos minutos antes de que crujan los montes y se descuadren los océanos. Lo mismo que las “medidas cautelares por si viene una ola de calor”.
La peregrina idea de las autoridades, de fácil acomodo si pensamos en el nuevo talante, es decir que, si hace sol nos hidratemos y nos pongamos a la sombra y abaniquemos y si, por si las moscas, nieva, que nos quedemos en casa o que carguemos con las cadenas (Y el chaleco, y los triángulos y el móvil y el cargador del móvil y el trineo, la canoa, la sombrilla y demás.). En una palabra, ni un palo fuera del agua, ni un palo dentro de ella, bordeando la metonimia. Es un problema de estilo.
El calor es el calor, amigos míos, y hay que combatirlo con la mayor frescura posible, el resto, incluido este texto, es literatura ba-ra-ti-ta.
Ponerse a contar ahora el hipotético número de muertes por “la ola de calor” en tal o cual fecha, es como acusar al termómetro de magnicida y algún listo pensará en arbitrar medidas políticas para que esté siempre a “cero”; así todos igualados, globalmente, y buscando ora la fresca ora la gloria.
De las olas gigantes, estamos, por ahora, libres, pero, tiempo al tiempo porque, queramos o no, algún listillo estará tramando planes de evacuación de La Lanzada para cuando llegue el tsunami atlántico.
En la escuela nos enseñaban todo sobre los fenómenos meteorológicos. Sabíamos que las nubes se dividían en cirros, estratos, cúmulos y nimbos, que San Telmo era patrón que invocaban los hombres que iban al Gran Sol, y que éste, porque era un mar, o sea ésta, jó que lío sexual, estaba en la esquina superior de la tele, bajo el Lladró en las casas pudientes y de la cestita de flores secas en las más humildes, acompañando una estampa blanca de la Virgen de Fátima o una sepia de Juan el veintitrés.
Al escribir, como decía Unamuno, hay que hallar lo universal en las entrañas de lo local y en lo circunscrito y limitado, lo eterno. Pues eso, eternas eran aquellas jornadas de lluvia y verdín insolente que desde el barco “K” nos aterían el alma y el plexiglás. ¿Y qué decir de aquellas borrascas?. ¿Adónde te diriges borrasca? preguntaba con buen talante, ese sí, MM. Y la borrasca respondía como Gary Cooper en “El juez de la horca” : “A ningún sitio en particular porque todos los sitios son buenos para pasar de largo”. Mucho vaquero y mucha retórica pero las borrascas siempre quedaban aquí, equidistantes entre Malpica y la Quintana.
Hoy, las tormentas y borrascas piden día y hora como los asegurados y a veces se encelan en una parodia de santagadea; y los príncipes asienten bajo un trueno santiagués, una lluvia tropical y un sol picarón que amaga pero no quema. ¡Ya calentará cuando su helio esté encelado allá por San Juan, allá por San Fermín, San Benito, el Carmen, San Silvestre o San Blas, cuando ya no todo esté atado y bien atado, digan lo que digan mi amigo MM y su enigmático, romántico y decadente barco “K”!
Todos los que maltratamos las palabras de Shakespeare acabamos igual, increpando al barco y hundiéndonos con él en una laguna estigia de frases sin sentido, ad hoc , en las que ya casi no cabe ni la reflexión.
Llueve cuando tiene que llover y todos sabemos cuando ocurrirá, no hay que ir al oráculo de hoy ni al eremita de ayer. Y calentará antes y después de que haga frío. Y el dolor y la duda irán creciendo hasta que dejen de crecer como decían los griegos, aquellos ártrabos y demás ralea que desde Camariñas nos hicieron más cultos pero más desconfiados.
¿Lloverá?. Puede. ¿Hará calor? Ya veremos. Y en nuestros armarios, aparte de un misterio espero que gozoso, estarán a pie firme paraguas, gabanes y abanicos porque somos un pueblo previsor y mosqueado, o a ver, ¿desde cuando el calor viene por olas?. No hagamos tanto caso a los que miran el Zaragozano, augures del plagio temporero, que son aduladores que llevan incorporados el gen del girasol.
¡Calores los del climaterio, jóvenes lectores y otros esquilmes de la juventud! Los demás ya estamos como el lentisco, siempre verdes y con tres cosechas de frutos al año. Los gallegos somos amantes de la aventura, somos da´vincianos, hombres de todas las estaciones ,(¡Qué más da que llueva o salga el sol si ya no está el barco K para anunciarlo!) Antes llovía o hacía sol con aura romántica hoy con satélites, microchips, el niño ése que vomita huracanes, el golfo y su corriente, el agujero de ozono, la lluvia ácida, el iceberg que va a la deriva y un cometa que ya había pasado hace mil años.
¡Es que no hay color entre estas olas de calor y aquellas!. Y de las otras olas, ni hablar, porque suceden en un país de tantos, sin censo, en el que solo preocupan los recuentos de los turistas a los que se les pone avión d regreso al día siguiente del desastre. Los demás, carne de titular para el telediario, memoria de tres días, solo son unos cien mil...De los que queden no nos extrañe que hagan cola, atraviesen el Sáhara a pie, y den con sus huesos y poco más en alguna playa de Tarifa. Dan ganas de exiliarse al país de Nunca Jamás que tiene aire acondicionado desde que Campanilla perdió su secreto. Y el nuestro.
Francisco R García Fernández
Publicado en El Correo Gallego el 20 de Febrero de 2005
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