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Romance de lobos en el callejón del gato

 

Estos días Madrid respira el gemido épico del Salnés.

Valle ha vuelto al callejón de mi querido Borobó y allí racea con su alcume montenegro y trae a la Corte esa bruma eterna de tiempo hidalgo que nunca acaba de irse. Sigue ofreciendo, con su pátina gris, la máscara que siempre vive en los septiembres, sube a la grupa de las historias, cuentos y relatos vivos, increpa y azuza cualquier idea, todos los sentimientos, y ciega vínculos de sangre y oropel para poder nadar en la intemporalidad de cualquier pasión.

Mi Caldas, urraqueña y apacible, acuna esa comarca aúrea de poetas que beben espadeiro en labios de amante, saben levitar en el trémulo color del maizal, campos de flautas de Pan, dormitan con el fungar del pino a la luz y a la sombra del Pazo, de onírico latido, siempre presente con su almena de grandeza y su gárgola de ruindad, para balizar el pulso, el camino del ingenio.

Desde Portas y Lantaño para allá, hacia el más suroeste de los ponientes, el “fablistán de las Españas” (J.R. Jiménez dixit) se sentía en su Helicón. Sus mitos podrían tomar vida en cualquier casona arrobada de penuria, leyenda, mimbrales y brañas.

El imán de Valle, cefalopódico, bucea con la brida que apellida codicia, gen común de altos y bajos, edecán de ligures y ninfas, de Orlandos y Galanes por igual y las atiza en el lar de la lujuria, del odio y del poder, que toda vez es escaso porque siempre acaba por perderse. Y cuando esto ocurre, nace el recurso de la idea furiosa, ese rencor que vuelve con la sangre de los siglos y se postra ante la decencia en el portón más sórdido y cruel, ganando el hálito de cualquier tragedia que se precie, hora a hora, siglo a siglo, en cualquier familia o tribu en época cualquiera, si se ha perdido el estribo de la propia realidad y ésta hace ángulo con la vida y la no- vida.

El sentimiento, puramente galaico, de que toda nobleza tiene que tener una vena sacrílega está presente en este “Romance de Lobos” con un hilo de expiación que lo impregna todo pero que no puede someter más que a los personajes. El ambiente, como siempre, se libra porque para él el verbo amar siempre será intransitivo.

En el teatro las cosas son de otra manera, se ven con la distancia del arte que se nos ofrece y la pobre cultura acumulada del que la recibe, aunque siempre seremos tolerantes con los pecados no luzbélicos y las ideas asen la piel porque son parte de nosotros en alguna medida. Y todos tenemos algún rasgo de Juan Manuel, perdemos algún rubor pícaro de Sabeliña, una ilusión imberbe de grumete y un gemido de pobre leproso, guía esporádico y marcial de descamisados que no han perdido nada porque nunca nada poseyeron y la plebe siempre ha seguido la llaga esperando a la parusía.

Y todos somos, alguna vez, iracundos e intrépidos, soberbios y calaveras, como una inacabable pretensión de donjuanismo, de hombro altivo, ronca voz y andares siempre demodés, farruquismo vigente en un rincón de nuestro ánimo. No hace falta que la fúnebre manquedad de mi paisano, el de la plúrima barba, nos invente, ni que el tiempo acuda a odiarnos. Él quiso vivir cabalgando esos tiempos y los pudo imaginar porque una parte le perteneció, heredó su aroma de languidez y su odio fraternal y entreverado. Conoció gentes que vivían en el lomo de los siglos sin saber en qué página de la historia amaban y en cual otra eran sometidos. Lo único siempre presente era el color malva de los pequeños pecados y el gris perpétuo peleando con aquel aire que mecía un linaje cerúleo, ése que siempre quedó a medio camino, a medio cielo de distancia, del lugar plácido que evocan los himnos de forma simple y genérica, sin saber ubicar nunca su exacto origen, siempre al oeste, siempre al final de la corredoira, donde acaban la viña y la leira y la ternura del pino desafía la insolencia del mar.

La nobleza, pontificia y negra, de las leyendas de Don Ramón reniega del manto alecrín y busca un embrujo demoníaco en todas las costas y nunca encuentra el cisne y la princesa triste porque Rubén Darío aun no estaba allí para glosarle.

Los abismos no son como las cumbres, a pesar de Echegaray, y por ello no basta con darles la vuelta. En cada mueca de un Montenegro hay una letanía de injurias a la vida aunque el devenir de la obra es más el del modesto acólito que va apagando los cirios con humildad porque quiere morir en paz consigo mismo y con sus fantasmas. Es la historia de un remordimiento en una épica rústica y feudal que solo puede haber sido brezada en El Salnés, donde no se ensayan las herejías.

La raíz de Galicia se hunde con un sentido cósmico en el roel del castro, en el vagar señero de los lobos y en el llanto de siglos que deja verdín. Está en el aire que silba y convoca, en el mar que aterra y pide, a gritos, ríos de lágrimas y soledad para sentirse más ciclópeo.

Ayer, en el Teatro Español, Víctor hollaba tablas. En la fila de las musas de belleza elísea, el grumete hizo verter lágrimas pero los dilettantis éramos allí los de achicar. Y así pudimos vivir con Valle ese tiempo que no se irá nunca mientras alternen orvallos de pureza con otros de virtud quiescente y dudosa, que nos llevó con los mil grises de siempre a esa tierra impar, sensual y jocunda, con su repetida épica malva, con su conflicto esperpéntico y secular, sellado con un sol amante de mil lunas diferentes en el liquen de piedras agónicas.

En este tiempo babión seguimos comiendo las bayas en el “Callejón del gato” y los estornudos siguen recordando que la concordia es imposible si el catarro afecta de forma desigual a “altos y bajos”.

 

Madrid, a 9 de abril (San Amancio) de 2005

Publicado en “EL CORREO GALLEGO” el 12 de junio de 2005




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