Koiné: Lengua helenística oficial
Los gallegos barloventeamos con el cuerpo y con el espíritu, con éste siempre moinantes, con aquel lastrados por un eterno estribillo camuflado en esa ciudadanía universal que nos convierte en patriotas locales mientras pasamos los siglos llorando por la lejanía de las brañas, de la piedra y el laurel, de la castaña, el puente y su verdín, la raposa y la pega...
La lengua gallega, que fue una verdadera koiné literaria (Carmelo Lison dixit), anda hoy erguiéndose en escuelas, tabernas y ondas. Incluso arrastra su negra sombra (Ese tono ensayado, otro día hablaré del tono) mar adentro hasta la Meca del cine. Hace progresos de forma liviana, natural y gozosa, tal como quería Cunqueiro, pero la cohabitación a veces le añade hostilidad y otras le resta frescura. Y no es fácil crecer como enemigo, ni siquiera cuando se vence, que no es el caso.
El bilingüismo es, en Galicia, una asignatura por aprobar tal como comprobamos los que no cultivamos la lengua fuera de nuestra tierra y que tenemos la idea genética de que los verbos “había que mandarlos al final de las frases” como seña de identidad.
Cada uno somos lo que nuestra almohada nos deja aunque los tiempos que corrían despacio han pasado y ya no existe la parsimonia en el uso de la cayadiya y el hogar no es sino un inmenso crisol de culturas que entran por las cajas de 625 líneas y la única tixola que conocemos es la del tejado; que rebaña ondas, dicen que digitales...
Efectivamente no es seguro que nadie se haya disfrazado como Borges de peregrino ciego, si lo hiciera, y lo contara, no creo que dejase al gallego ambiental en muy buen lugar. En la calle se habla muy mal y lo dice uno que no lo habla bien.
Los autores escritos, los que no se pasan la vida cazando sombras, lo hacen mejor, algunos muy bien aunque me cueste entenderlos y seguir su sintaxis. Hablo de Conde, de Mella, Janeiro, Rivas.
El galego coloquial sigue siendo un lenguaje paralítico. Cuando atopo un paisano que me habla así, me encojo como cuando me habla en inglés o en francés y tengo que espabilar mi modorra enxebre para seguirle. Habitualmente no le sigo, lo mismo me pasa cuando , con frecuencia, hablo con alguna instancia oficial en Galicia y me sueltan la parrafada o cuando me hacen una entrevista radiofónica. Está todo tan castellanizado que, en la distancia, me parece forzado, me parece todavía muy pobre. Y cuando les contesto en castellano es cuando recupero la esperanza del bilingüismo. Todos los gallegos que me hablan en galego se expresan muchísimo mejor en castellano. Tengo una gran esperanza de encontrar la virtud. Y la virtud sigue estando en el gallego escrito que ahí queda, modulando la koiné para que todos podamos aprender un idioma como se aprendió siempre, hablando bien lo que otros escribieron mejor, verba volant scripta manent, para que no estudiemos siempre en el aire, aunque poco a poco lo cambiemos, el aire, y que ensalcemos lo nuestro, un idioma, para juntar ánimos, no solamente para animar distancias gratuitas que ponen la boina justo encima del alma.
Fco.R García Fernández, en Madrid a 11 de marzo de 2005
El Correo Gallego, junio 2005
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