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Himnos y naciones buscando su viceversa

 La travesura literaria es, bien que mal, un pilar de la Historia. A los otros ( Raza, Religión y Política) pónganles el orden que cada uno guste. La Fantasía aderezó todos en grados impagables. Si alguno se adornó demasiado parió un lío, transitorio pero lío, que a veces dura solamente siglos.

El equilibrio, dado que de las operaciones del espíritu la menos frecuente es la razón (Fenelón), es básico para que no dejar a la siguiente generación otro motivo inútil de gresca tabernaria; y las pancartas hechas.

Si la Historia la hacen los historicistas, y retuercen los hechos hasta adecuarlos a sus coordenadas ideológicas, vampirizan la fantasía y ésta se agota por aburrimiento.

Lo del himno gallego es de morirse, pero en bueno. ¡Hay que tener el bocio lleno de talantita para reservar lo mejor de nuestras cuerdas vocales a la estrofa del tal Breogán, con su cual nación a cuestas!

¡Con lo bien que íbamos: Rumorosos, verdecente, arume arpado, prácido luar...! ...Líricas concesiones a la verdadera nobleza campesina, la depositaria natural, inconsciente y orgánica de las esencias de la galleguidad, y aparece ese final con una brusca transfusión de sangre celta, acaba el verso y deducimos que es ésta, más que ninguna otra, la clave social portadora de la bondad intrínseca de todo lo gallego.

En el pasado, amigos, hay que buscar la guía y no argumentar la conciencia, aínda máis si convivimos con el síndrome del agravio suevo.

Los nuevos druidas leen, en su exclusivo abril, de forma escasa y no bien. La antigua parroquia peninsular, toda ella, era más bien íbera que celta; más austera, pues, y menos portadora de ese buen sentido de los últimos que les hacía amar sobremanera cuanto pertenecía a la realidad de la vida.

¿Qué hemos heredado los galaicos de alí e de alá?

Probablemente llegase por El Salnés menos sangre semito-africana que a otros pueblos colindantes, pero el pelo, el color de los ojos, el donaire al calar la boina, y otros caprichos antropomórficos autóctonos, dicho sin fervor araniano, nos acercan más al Mediterráneo que al Atlántico, peninsulares pero no de Cornualles , aunque algunos ojeen, sin hojear, la secuencia del ADN de este país y pumpuneen con frenesí mientras instalan el pote (celta) para el pulpo, ahora definitivamente de los siete mares.

Ese país, más virtual que nunca, pertenece, por derecho propio, al mundo onírico porque no sabe acariciar el terreno que yace a sus pies y así no evitará nunca los pisotones que la leyenda le da cada vez que se enroca en ese espejo hipnótico llamado fantasía.

“Hespaña, cuio nome tivemos que humedecer c-unha letra de máis para facela respetable aos nosos ollos” (Castelao), es P(p)atria que acoge a cualquiera que pasea, asienta, gime o pace por aquí. Es una simple razón de vecindad más dura que nuestras voces y más terca que los sueños húmedos de un padre de la patria. Está en Europa, planeta Tierra, en una galaxia que acaba en el Obradoiro (y viceversa ). Es fácil orientarse.

Y, como en todos los sitios de la geografía que los dioses repartieron entre los humanos, ha habido tiempo y lugar para la misericordia y la rapiña, el viento nordeste o el espino fronterizo, para la libertad y la tiniebla. Ahora estamos en época de nones, afortunadamente.

Verlo de otra manera es tocar una ocarina y pretender que bailen las vacas marelas (libres de audaces problemas genéticos que algunos atizan en estas calendas, como hacía Alatriste, con sus limpiezas de sangre)

Y verlo como una incomodidad insufrible es propio de incultos, quizás los “imbélices y escuros” que dice otro verso pondaliano; los que, faltos de razón y de ideas, nos venden rifas escritas en lemosín tardío.

(La) España, plural ma non troppo, es un ejercicio de suma con un reglamento para administrarse y convivir con Nós y con Vos, los de aquí y los que nos rodean, los que pasan, los que quedan y los que nos invaden y se mezclan. De esta forma somos más plurales y no perpetuamos taras. Con las vacas pasa igual. Ellas solo tienen problemas con las moscas, otra especie.

Singulares solo quedan en Atapuerca. Están apilados para inventario. Es uno de los tributos que pagan los singulares.

Hoy, edad de oro de la virtualidad, enfatizamos la estrofa aleluyática de un himno para dejar de ser nacionalidad (¿) y ser nación...

Las soflamas de oportunidad política destrozan las reservas comunitarias de omeprazol. Y esa porfiada de los que gozan con sufijos oides, donatistas de la historia, desprecia la dudosa legitimidad genealógica, busca herencias en las huras del tiempo y, preposición va conjunción viene, sin rubor histórico alguno, porque suenan bien, cuenta la vida de tu país con la licencia de las esquelas que añaden siete apellidos cuando palmas.

Los neomodernos irmandiños no interpretan los poemas, los cuecen como una poción mágica para consumo propio y ajeno. Indigestan.

¿Y qué me dicen del tal Breogán, patrón de una nación?

Pues parece que Breoghán (Con hache de himno) era hijo de Brath y padre de Bregh, Cuala, Cuaionge, Blad, Fuad, Muirthemene, Elbe, Nar, Ith y Bilé. Ésta tendría un hijo llamado Golamh Milidh (“Mil... el de España”) que conquistó Irlanda en el año 3500 de la era celta, pasando antes por Egipto.

El “Annala Rioghachta Eireann” intuye y expresa que llegó a Brigantium (¡Oh, la, lá! ) un jueves. Y la playa estaba desierta y el mar bañaba su piel y cogió la gaita, y, tralarí-tralará-tralaraira, nación habemus.

¡Hala, sigan encalomados con el árbol, o en él!

Desde Madrid, tierra yerma de lena celta y sangre sueva, no puedo ayudarles más porque Castilla parece devenir en nación de nadie, antes engreída aunque nunca opulenta, siempre abierta y nunca, jamás, desconcertante. Por aquí son pocos los que han oído hablar del Libro de la Vaca Parda (“Leabhar na h-uidre”) aunque haberlo, parece que lo hay.

Los que tengan el bachillerato terminado, incluyo los gloriosos del Plan del 57, dudo que disfruten con esta lidia porque el “tendido del 7” en el coso de La Quintana lo ocupa el Batallón Literario. ¡País!

¿Y si le llamamos P-A-Í-S como propuso Camilo J Cela en 1978?

Después consensuamos un preámbulo (Sin carácter normativo, naturalmente...) que diga con letra muy, muy, muy gótica: “No somos más ni menos que nadie”. O viceversa.

Y luego a cantar, oficio de amigos si uno no escupe en ojo vecino.

 

Francisco R García Fernández, a 22/08/06

 



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