| Mesa redonda
de ASOMEGA el día 12 de mayo de 2005 en la Casa de Galicia
El día 12 de mayo, a las 20 horas, tuvo
lugar en la Casa de Galicia en Madrid (C/ Casado del Alisal, 8)
una Mesa Redonda organizada por la Asociación de Médicos
Gallegos (ASOMEGA) que se engloba entre las actividades culturales
de este colectivo que integran 150 médicos gallegos y que
entre sus inmediatas intenciones está la de poder censar,
sin ánimo asociativo, a los 800 médicos gallegos que
trabajan fuera de Galicia y para lo cual se siguen pidiendo datos
a todos los que nos puedan ayudar a lograrlo.
El acto, con la colaboración de SANOFI-PASTEUR-M.S.D.,
trató sobre la “EXPEDICIÓN DE LOS NIÑOS
DE LA VACUNA” y fué moderada por el Dr. Don José
María Hernández Cochón, miembro de ASOMEGA
y ExConselleiro de Sanidad de la Xunta de Galicia. Como ponentes,
el Dr. Don Alfonso Delgado, Catedrático
de Pediatría de la Universidad del País Vasco y el
ilustre escritor y periodista Don Alfonso Ussía, a los que
presentó el Dr Ruza Tarrío, Jefe de Cuidados Intensivos
Pediátricos del Hospital La Paz y Presidente de ASOMEGA
La “Expedición de los niños de la vacuna”
fue organizada por el rey de España Carlos IV y fue dirigida
por el doctor Balmis. Partió de La Coruña en la goleta
“María Pita” en 1803 (¡Hace 202 años!)
con 22 niños del Hospicio y llevó la vacuna de la
viruela, manteniendo el virus vivo con la técnica “brazo
a brazo” hasta Puerto Rico. Desde allí se distribuyó
a toda América, Filipinas, Cantón y la isla de Santa
Elena. El Dr Salvany, subdirector, murió durante la expedición.
Formaron parte también , y es obligado citarles, los ayudantes
M Grajales y A Gutiérrez, los practicantes F Pastor y R Lozano,
los enfermeros B Bolaños, P Ortega y A Pastor y la Rectora
de la Casa de Expósitos Isabel Cendala. Todos ellos fueron
lo que cualquiera llamaríamos “héroes”
en el sentido más limpio de la denominación.
Gracias a todos, singularmente a los 22 niños huérfanos
se debe la salvación de millones de vidas, evitando el contagio
de la mortal enfermedad.
Ha sido la epopeya más grande y filantrópica de la
Historia de la Medicina, y, tal como dijo el mismo Jenner, descubridor
de la vacuna de la viruela “No puedo imaginar que en los anales
de la historia haya un ejemplo tan noble y extenso como éste”.
ASOMEGA quiere honrar su memoria y su ejemplo y por ello ha organizado
esta Mesa Redonda en la que expertos conocedores de la increíble
hazaña médica trataron los pormenores de la
famosa expedición.
Asistieron 120 personas.
Montagu, viruela, Balmis. De Turquía a (¡La, la, lá!) Coruña.
Solo me duele el corazón cuando late, si no, no duele.
Lady Montagu amaba Turquía porque Lantaño no estaba aún en la ruta de la seda. Quería al paisaje solamente con el disfraz del tiempo que le tocó vivir. No era feliz si en la esencia de la felicidad palpamos únicamente el perfil de su busto circasiano, la tristeza de unos ojos sin pestañas como recuerdo de la viruela, la altivez de su origen y la emancipación de todo aquello que significaba sometimiento. Nació rebelde y, en cuanto pudo, escogió seguir siéndolo y vivió como tal todos los días.
Bizanzio, Constantinopla, Estambul, a nombre por milenio, eran arte de pie, comercio en do mayor para cien generaciones, responsos en vida, visión de intemporalidad. Es una ciudad en la que el tiempo pasa solo si nos lo proponemos pero que ha vivido siempre a caballo de los siglos. ¿Cómo se podría malvivir allí?
Ella, olvidada de mil rencores domésticos, lúcida y culta como una vestal británica, desparramaba la intimidad de su linaje en la inmensa calle de la vida que siempre pasaba por delante de sus ojos.
Su casa era abierta como un vínculo sórdido y complejo, un volapié de la estirpe de dama nacida para florero, sin el ajuar de la alegría, destino de página sepia, de cronista de todos los ayeres. Y lo cuenta con ribetes de novela y agravantes de nocturnidad en sus “Cartas desde Estambul”. Tardó una adolescencia entera en ser ella, no lo que los escribas habían dispuesto.
Era un ser epidérmico y mágico, intemporal y poco conforme con lo que deberían esperar de la hija del duque de Kingston. Odió su matrimonio y amó cuando tocaba amar (Un día escribiría “El daño de dar fortunas a las mujeres en el matrimonio”) porque había que dar una oportunidad a esa giba que la vida te pone cuando se acaba la niñez. Se fugó con otro, Edward Wortley Montagu, que le dió el nombre y un hijo, pero aún así la aventura era su espacio íntimo y conoció las zenanas y su selección social. Y escribía mucho y bien; y cuando regresó a Inglaterra dispuso la inoculación a niños sanos con cepas atenuadas de viruela tal como había visto hacer en Turquía.
Luchó con los prejuicios religiosos y sociales hasta que Jenner, médico rural, obervador y metódico, tozudo como ella, demostró que valía la pena. Era el año 1798 cuando la comunidad científica británica, viajeros del tiempo, testigos de las cosas, fraguó aquella idea de que observar y describir eran las patas del camino científico. La Royal Society hizo desterrar para siempre que primase la imaginación. La mentira y la fábula era patrimonio de viajeros, ladrones y poetas.
Se imponía el tiempo de la observación, el análisis desprovisto de fantasía. La imaginación quedaba para la oratoria. En poesía podría provocar asombro pero en prosa, a partir de entonces, contaba solamente la evidencia.
Leibniz, Locke y Hume hicieron bien su trabajo y así el ideal del conocimiento natural de la Ilustración comienza a manifestarse con prosa aséptica, transparente y descriptiva. Son el ojo fiel y la mano sincera, los mismos instrumentos con los que Hooke descubrió los cuerpos diminutos tras la lente de aumento; ellos eran los garantes de la verosimilitud, el resto era pompa para arropar una perseguida autoridad. Mary Wortley Montagu los había leído a todos y su concepto de la metáfora cambió para bien el curso de una gran historia con dedicación, inteligencia y dotes de observación de excepcional nivel.
La mina solo está donde se excava y donde se cree que está, con la fe del zahorí y la tenacidad del científico, con ambas. Lo demás son vetas de la nada que se abren al sol, que van quedando a la intemperie mientras el viento de los siglos tapa el ideal artúrico, y éste es ciclópeo cuando marida con la razón y la constancia.
Ella observó con ojos de madre, caviló con mente de arúspice y supo qué hacer. Jenner remató la faena y Balmis ofreció al cuarto Carlos la forma de bordar una charretera sin que se notasen las costuras raídas de su hez doméstica.
Los “niños de la vacuna” fueron (¿malgré lui?) héroes y mártires de una historia romántica que se escribió porque la generosidad solo tiene una puerta y no todos pueden abrirla. Hay que poder, intuir el otro lado, y atreverse para poder hollar el umbral que marca el camino de los elegidos.
La historia de la viruela tiene una deuda impagable con varios personajes, unos ligados a la ciencia y a los métodos de la Ilustración, otros al empuje político y social de un mal que castró la línea dinástica de los Estuardo y aupó a los Hannover; y los más, a la tenaz iniciativa de personas como Lady Montagu y el coraje filantrópico inigualable de Balmis en la corte de España.
A Coruña (¡ La , la, lá Coruña!) fue cancela de una epopeya inspirada en el instinto culto y británico, noble y perspicaz, de una dama incomparable que amó y dejó amar, una mujer de otro tiempo y en otro sitio, que supo ver más allá que los científicos porque miraba mejor el entorno y era soñadora obligada por una mente abierta y universal. Era lista como una musa y constante como una meretriz; también inconformista como sus venas le demandaban. Era hija de duque y no fue fiel más que a su sangre inquieta en una época en la que una fidelidad se compraba mientras la verdadera se ejercía.
Los rasgos de nobleza se heredan pero la farsa de la vida pone a cada uno en su sitio si sólo se quieren rentabilizar los cromosomas.
La inteligencia se hereda también de alguna forma, pero la constancia y la iniciativa están ahí para quien los quiera perseguir. Forman un tridente imparable.
Francisco R García Fernández |